Circula una interesante narración de German LiberBit World titulada “El aire de mañana”. Esta narración utiliza un experimento mental para plantear una cuestión acerca de Bitcoin y el teorema de la regresión del dinero. [Al final de este comentario se puede leer la narración completa y unas aclaraciones del autor].

En Valleverde el aire es inicialmente un bien libre. Nadie paga por él porque se encuentra disponible en abundancia. Un día, sin embargo, los habitantes reciben la noticia de que dentro de un año desaparecerá el aire respirable de la Tierra. Inmediatamente comienzan a almacenarlo y, poco después, a intercambiarlo. Con el tiempo aparecen certificados representativos de las cantidades depositadas y esos certificados terminan utilizándose para comprar otros bienes.

Entonces aparece Satoshi y propone imaginar algo diferente. Un extraño metal que no sirve para fabricar, construir o adornar nada, pero que posee una propiedad extraordinaria. Puede viajar a través de un canal de comunicaciones y, según explica, permitiría «intercambiar valor sin tener que transportar físicamente nada».

La pregunta que plantea la historia es si alguien podría querer inicialmente ese metal por anticipar que algún día sería útil para intercambiar y si esa posibilidad obliga a matizar la explicación del teorema de la regresión. Antes de responder conviene separar varios momentos que no son equivalentes. Una cosa es valorar hoy un bien por una utilidad futura esperada. Otra es que esa valoración dé lugar a intercambios y a un primer precio. Otra distinta es que el bien sea utilizado de forma aislada en el intercambio indirecto. Y otra, finalmente, que adquiera efectivamente la condición de medio de intercambio.

La narración es retóricamente atractiva y contiene algunas intuiciones correctas. Un bien libre puede convertirse en económico cuando cambian las circunstancias. Una utilidad futura esperada puede producir una valoración presente. Esa valoración puede contribuir a que aparezcan intercambios y precios. Y un bien económico puede llegar posteriormente a convertirse en medio de intercambio.

El problema aparece cuando esas intuiciones se ordenan de determinada manera y se extrae de ellas una supuesta dificultad para el teorema de la regresión.

Veámoslo paso a paso.

La historia no empieza realmente por la escasez

El epílogo resume lo sucedido en Valleverde de esta manera:

Primero habría aparecido la escasez, después la utilidad, después el valor, después el intercambio y finalmente el dinero.

Pero la propia narración cuenta algo diferente. Cuando los científicos anuncian la futura desaparición del aire respirable, el aire continúa siendo abundante. El texto lo dice expresamente. Aquella misma tarde «el aire seguía siendo gratis», pero la gente comienza ya a valorarlo. Tomás almacena una bolsa y su vecino paga diez monedas por ella porque sabe que dentro de un año necesitará respirar. La escasez efectiva de aire respirable todavía no ha llegado. Lo que ha cambiado es la expectativa acerca de su disponibilidad futura.

Esto es importante porque muestra que la utilidad no aparece después de la escasez. El vecino de Tomás valora el aire porque respirar sirve a un fin de enorme importancia para él. Precisamente porque el aire es útil y porque anticipa que la cantidad futura disponible será insuficiente respecto de sus necesidades, decide economizarlo hoy.

La escasez no puede entenderse al margen de los fines humanos. Una cosa puede ser extraordinariamente rara y carecer por completo de valor si nadie considera que puede contribuir a satisfacer alguna necesidad. La mera rareza física no convierte una cosa en bien.

Primero debe existir una necesidad o un fin. Después debe existir una cosa que el individuo considere apta para contribuir a satisfacerla o alcanzarlo. Y solo cuando las cantidades disponibles de esa cosa resultan insuficientes respecto de los fines que el individuo desea satisfacer aparece la necesidad de economizar.

No es la escasez la que crea la utilidad. La escasez adquiere relevancia económica cuando recae sobre algo que ya consideramos útil. Curiosamente, la propia narración lo formula correctamente unas páginas antes cuando afirma que el aire se había vuelto «escaso respecto a las necesidades humanas». Ese «respecto a» contiene casi toda la cuestión. La escasez no es una cualidad económica independiente de las necesidades. Es una relación entre medios disponibles y fines que los individuos desean satisfacer.

Por eso la secuencia que aparece después en la nota del autor también requiere cautela: Bien libre → escasez → bien económico → mercancía → valor de mercado → medio de intercambio → dinero. No estamos ante una sucesión mecánica de estados por los que necesariamente atraviesa un objeto.

Un bien libre puede convertirse en bien económico. Pero eso ocurre porque cambian las circunstancias que relacionan su disponibilidad con las necesidades humanas. Y que un bien económico pueda dedicarse al intercambio y convertirse así en mercancía, en el sentido de Menger, no significa que vaya después a convertirse en medio de intercambio y dinero. Para eso tendrán que darse otras circunstancias.1

1.- [Nota] Utilizo aquí «mercancía» en el sentido mengeriano de bien destinado al intercambio. Esto no significa que toda mercancía sea un medio de intercambio. Una mercancía puede intercambiarse directamente por el bien que su propietario desea, como ocurre en el trueque. Y sin embargo, el uso como medio de intercambio implica intercambio indirecto. Por tanto, un bien solo es utilizado en esa función cuando es adquirido para volver a entregarlo en un intercambio posterior. No obstante, un uso aislado de este tipo no basta para que el bien haya adquirido ya la condición económica de medio de intercambio. Para ello, esa función debe dejar de ser meramente anecdótica y manifestarse de forma efectiva en el mercado. He tratado con más detalle esta distinción y mi discrepancia con la interpretación de Manuel Polavieja en https://juandemariana.org/polavieja-no-comprendio-a-mises-tampoco-a-menger1/

El valor tampoco aparece después de la utilidad como una propiedad añadida

La historia contiene otra formulación que merece precisión. Después de señalar que el aire se había vuelto «escaso respecto a las necesidades humanas», afirma que «por eso tenía precio».

La idea general se entiende. Al anticipar que el aire respirable será insuficiente para satisfacer sus necesidades futuras, los habitantes comienzan a economizarlo, a atribuir valor a las cantidades de las que pueden disponer y a realizar intercambios con ellas. Pero conviene no interpretar este proceso como una secuencia en la que la escasez confiere primero valor al bien y ese valor se transforma después en un precio.

El valor no aparece como una propiedad objetiva que la escasez incorpore al aire. Son los individuos quienes valoran el bien en función de la importancia que atribuyen a los fines que esperan satisfacer con él. Y cuando esas valoraciones dan lugar a intercambios efectivos, aparecen relaciones de intercambio y precios observables en el mercado, como resultado de la interacción entre la cantidad que los propietarios están dispuestos a ofrecer y la cantidad que los compradores están dispuestos a demandar. Ambas dependen de sus valoraciones subjetivas.

Esto obliga también a distinguir entre valor y lo que suele denominarse «valor de mercado». El primero remite a la importancia subjetiva que cada individuo atribuye al bien. Con la segunda expresión suele aludirse, en realidad, a las relaciones de intercambio y los precios que llegan a manifestarse efectivamente en el mercado. No son dos formas distintas de valor. Precisamente por la confusión a la que puede dar lugar, prefiero evitar expresiones como «valor de mercado» o «valor intrínseco» y hablar, cuando corresponda, de precios o relaciones de intercambio. El propio relato utiliza alternativamente expresiones como «valor», «valor económico» y «valor de mercado» sin distinguir suficientemente entre ellas.2

2.- [Nota] La palabra «valor» puede dar lugar a importantes confusiones cuando se utiliza para designar realidades diferentes. En mi tesis doctoral ya señalaba esta ambigüedad al distinguir entre el valor en sentido praxeológico y económico y «los valores» en sentido ético, advirtiendo que la confusión procede precisamente del «uso del mismo vocablo para referirse a distintas realidades». También rechazaba expresiones como «valor de cambio objetivo», empleadas históricamente para designar lo que resulta más preciso denominar poder adquisitivo o poder de compra. Por la misma razón, prefiero evitar expresiones como «valor de mercado» cuando aquello a lo que realmente se quiere hacer referencia son precios o relaciones de intercambio observables. El valor, en sentido económico, sigue siendo subjetivo. Véase Serrano, Bitcoin como dinero fuerte (2025), cap. 2, pp. 18-19, n. 8, y apartado 4.3.2, pp. 42-45. Disponible en https://hdl.handle.net/10115/128557


Algo parecido ocurre en la escena de la pepita de oro. El profesor explica correctamente que el oro no vale simplemente «porque es oro», sino porque las personas consideran que satisface determinadas necesidades y porque es escaso. Pero incluso aquí conviene afinar. Ser escaso no basta. Y que el oro no se oxide o posea otras propiedades como la divisibilidad tampoco contiene valor por sí mismo. Son características del bien que adquieren relevancia económica cuando los individuos consideran que pueden contribuir a alcanzar fines que valoran.

La escasez puede ser una condición para que un bien adquiera carácter económico, pero no contiene valor por sí misma. El valor sigue estando en la relación entre el sujeto y sus fines, no en las propiedades físicas del objeto ni en la escasez considerada aisladamente.

En Valleverde el aire no llega a circular como dinero

Hay además una diferencia importante entre lo que la narración afirma y lo que sucede dentro de ella.

El aire almacenado se vuelve valioso y comienza a intercambiarse. Pero cuando aparecen los problemas derivados de transportar enormes depósitos, los habitantes no empiezan a utilizar pequeñas cantidades de aire como dinero. Crean certificados.

Cada certificado representa cien litros depositados en un almacén central. Son esos certificados los que empiezan utilizándose para comprar aire y después para comprar alimentos y herramientas. Finalmente son los certificados los que circulan como medio de intercambio.

La diferencia es importante. El certificado no es el aire. Es un título sobre una determinada cantidad de aire. Quien acepta el certificado puede hacerlo porque este le proporciona acceso a un bien que ya posee utilidad y valor para los habitantes de Valleverde.

Por tanto, el experimento mental no muestra simplemente un proceso en el que el aire pasa de bien libre a dinero. Muestra algo más parecido a un bien previamente valorado que termina sirviendo de respaldo a títulos transferibles que comienzan a circular.

Esto hace todavía más sencilla la historia monetaria de Valleverde. Cuando un comerciante acepta uno de esos certificados a cambio de su harina no tiene que confiar únicamente en que otra persona lo acepte después. El certificado le da derecho sobre cien litros de un bien que ya sabe que la población desea.

Hay un punto de apoyo que es independiente de la aceptación monetaria del certificado. Precisamente por eso el ejemplo del aire no reproduce el problema que después se quiere plantear con Bitcoin.

El extraño metal de Satoshi no es tan inútil como parece

La narración cambia entonces de escenario. Satoshi pide imaginar un metal que no es bonito, no conduce electricidad, no sirve para construir ni para adornar y «no sirve prácticamente para nada». Pero inmediatamente le atribuye una propiedad extraordinaria. Puede viajar por un canal de comunicaciones.

Aquí aparece una primera dificultad. La narración presenta el metal como algo que «no sirve prácticamente para nada», pero inmediatamente le atribuye una propiedad que puede resultar útil para determinados fines. Si puede enviarse a través de un canal de comunicaciones y esa posibilidad permite a alguien hacer algo que considera valioso, entonces ya posee una utilidad. No será una utilidad física o industrial, pero eso no la hace menos relevante desde el punto de vista económico.

La utilidad económica nunca ha requerido que un bien tenga que ser consumido físicamente. Una información puede ser útil. Una contraseña puede ser útil. Un derecho puede ser útil. Una entrada para un acontecimiento futuro puede ser útil. Una determinada capacidad tecnológica puede ser útil.

Por tanto, que la utilidad inicial de Bitcoin pudiera ser informacional, digital o tecnológica no introduce ninguna dificultad especial para la teoría subjetiva del valor.

La contraposición entre utilidad física y utilidad informacional no es una contraposición entre utilidad propiamente dicha y una nueva clase de utilidad. Ambas son utilidades de pleno derecho si los individuos consideran que permiten alcanzar fines.

Bitcoin no transfiere valor

La narración caracteriza la peculiaridad del nuevo metal de Satoshi afirmando que permitiría «intercambiar valor sin tener que transportar físicamente nada». Después, en el epílogo, vuelve a sugerir que su utilidad podría consistir precisamente en «poder transferir valor».

La expresión es habitual, pero desde una teoría subjetiva del valor resulta problemática. El valor no es una sustancia que se encuentre almacenada dentro de un bitcoin y pueda desplazarse de una persona a otra.3

3.- [Nota] Esta misma cautela terminológica explica que prefiera expresiones como «reserva de poder adquisitivo» frente a «reserva de valor» o «depósito de valor». El valor no es una sustancia que pueda almacenarse, depositarse o conservarse dentro de un bien. Lo que una persona pretende preservar al conservar un bien para el futuro es su poder adquisitivo. Por una razón semejante, la expresión «transferir valor» puede resultar equívoca si se interpreta literalmente. Véase Serrano, Bitcoin como dinero fuerte (2025), apartado 4.7, p. 60, n. 26. Disponible en https://hdl.handle.net/10115/128557


Lo que puede transferirse es el control sobre determinadas unidades. Esas unidades son valoradas de manera diferente por individuos diferentes. Una persona puede atribuir enorme importancia a un bitcoin mientras otra puede no atribuirle prácticamente ninguna. El protocolo no transporta esas valoraciones subjetivas.

Conviene separar con claridad la capacidad técnica de transferir unas unidades de la cuestión económica de por qué esas unidades son valoradas. Bitcoin permite transferir bitcoins (es una simplificación, para no hablar aquí de salidas de transacciones no gastadas, UTXOs). La cuestión económica consiste en explicar por qué los individuos valoran esas unidades y por qué están dispuestos a entregar otros bienes para obtenerlas.

La utilidad no tiene que ser directa

Llegamos así a una de las frases centrales del relato. Bitcoin podría adquirir valor, se nos dice, no porque la gente necesitara consumirlo, sino porque creyera que otras personas necesitarían utilizarlo para intercambiar.

Pero aquí se introduce una falsa alternativa. Un bien no tiene que ser consumido para ser útil. Si una persona posee algo que puede entregar a otra persona y obtener a cambio otros bienes, ese objeto le resulta útil porque le permite satisfacer sus necesidades indirectamente. La importancia que el individuo atribuye al bien por esa capacidad de procurarle otros bienes mediante el intercambio es precisamente su valor de cambio.

Por la misma razón, tampoco parece necesario introducir como etapa imprescindible una “demanda directa” si con ella se pretende exigir una utilidad material o de consumo previa.

Antes de que esa capacidad de intercambio se haya manifestado efectivamente en el mercado, determinadas características del bien, así como la expectativa de que pueda llegar a utilizarse como medio de intercambio, pueden ya llevar al individuo a considerarlo útil y valorarlo en el presente. Y cuando existen relaciones de intercambio que permiten estimar el poder adquisitivo del bien, puede hablarse ya de valor de cambio concreto.

Por eso, la posibilidad de que Bitcoin fuese inicialmente deseado por determinadas características relacionadas con su futura utilización como medio de intercambio no constituye una excepción a la teoría de la utilidad.

La utilidad esperada puede producir valor presente

En su nota aclaratoria, el autor de la narración plantea una pregunta que merece una respuesta inequívocamente afirmativa. ¿Puede algo adquirir hoy valor porque la gente anticipa una utilidad futura que todavía no existe plenamente? Sí. No hay ninguna dificultad económica en ello.

La acción humana está orientada hacia el futuro. Actuamos porque esperamos que nuestra actuación nos permita sustituir un estado de cosas menos satisfactorio por otro más satisfactorio.

La propia historia del aire lo demuestra mejor que cualquier argumento abstracto. El vecino de Tomás compra una bolsa de aire que no necesita respirar en ese momento porque espera necesitarla dentro de un año. El uso final del aire es futuro, pero la bolsa ya le resulta útil en el presente porque le permite protegerse frente a esa necesidad futura esperada o, más ampliamente, frente a la incertidumbre del futuro. La valoración se produce, por tanto, en el presente.

Eso no contradice en absoluto la teoría subjetiva del valor. Podemos adquirir hoy una vivienda todavía sin construir, una herramienta que utilizaremos dentro de meses o una entrada para un acontecimiento futuro.

Del mismo modo, una persona podía encontrar valioso Bitcoin porque anticipaba determinadas utilidades futuras. Podía considerar que aquella red llegaría a ser útil, esperar que determinadas propiedades del sistema adquirieran enorme importancia o incluso pensar que Bitcoin llegaría algún día a utilizarse ampliamente como medio de intercambio. Todo ello puede influir en su valoración presente.

Pero esto no significa todavía que Bitcoin se haya convertido en medio de intercambio. Esa expectativa puede contribuir a que se produzcan intercambios y aparezca un primer precio sin que Bitcoin desempeñe todavía esa función. En ese momento, su utilización como medio de intercambio sigue siendo solo una posibilidad. Ni siquiera un uso aislado de Bitcoin en el intercambio indirecto, como el de Laszlo Hanyecz y Jeremy Sturdivant, basta para que adquiera la condición de medio de intercambio. Para ello, ese uso debe dejar de ser meramente anecdótico y manifestarse como una realidad económica efectiva en la que los actores lo adquieran por una comerciabilidad ya manifestada en el mercado, que les permite utilizarlo en intercambios indirectos posteriores.

Lo decisivo no es si la utilidad está en el pasado o en el futuro

Creo que aquí se están cruzando dos cuestiones diferentes. Una cosa es el momento en el que se espera obtener la satisfacción perseguida. Otra muy distinta es el momento en el que un bien comienza efectivamente a desempeñar la función de medio de intercambio. Que una utilidad futura pueda producir una valoración presente ya lo hemos visto. La distinción relevante para el teorema de la regresión no se encuentra, por tanto, entre una utilidad pasada y otra futura, sino entre la valoración de un bien antes de que haya adquirido la condición de medio de intercambio y la valoración que se produce cuando esa función ya constituye una realidad económica efectiva.

De la expectativa al medio de intercambio

Esto no significa que una expectativa acerca de la futura aceptación de Bitcoin carezca de importancia. Puede ser importantísima.

Una persona puede anticipar que millones de individuos utilizarán Bitcoin en el futuro. Puede creer que su poder adquisitivo llegará a ser enorme. Puede construir escenarios sofisticados sobre su futura monetización. Todas esas expectativas pueden influir en sus decisiones presentes e incluso llevar a esa persona a entregar otros bienes para adquirir bitcoins.

Pero antes de que existan relaciones de intercambio manifestadas en el mercado solo existe una expectativa acerca de su futura capacidad de intercambio. Puede ser una expectativa razonable. Puede ser incluso una expectativa expresada numéricamente. Pero todavía no permite estimar el poder adquisitivo del bien sobre la base de relaciones de intercambio efectivamente realizadas.

El primer intercambio introduce un cambio cualitativo. Desde ese momento existe ya una relación de intercambio observable y, por tanto, una base de mercado, por limitada que sea, que permite comenzar a estimar el poder adquisitivo del bien.

Puede hablarse entonces de valor de cambio concreto. La importancia que el individuo atribuye al bien por su capacidad de procurarle otros bienes ya puede apoyarse en relaciones de intercambio manifestadas en el mercado y no únicamente en una conjetura acerca de lo que quizá llegue a suceder.

Pero tampoco esto convierte automáticamente a Bitcoin en medio de intercambio. Un bien puede tener precio y valor de cambio sin cumplir esa función. Incluso puede ser utilizado de manera aislada en algún intercambio indirecto sin haber adquirido todavía la condición económica de medio de intercambio.

Esa condición aparece cuando el uso deja de ser anecdótico y la comerciabilidad del bien se manifiesta de forma suficientemente efectiva en el mercado como para que los actores comiencen a adquirirlo precisamente por esa comerciabilidad, que hace posible su utilización en intercambios indirectos posteriores.

Conviene distinguir, por tanto, cuatro momentos. Primero puede existir una expectativa acerca de la futura utilidad del bien como medio de intercambio. Esa expectativa puede contribuir a que se produzcan intercambios y aparezca un primer precio, con la consiguiente posibilidad de atribuirle un valor de cambio concreto. Después pueden darse usos aislados del bien en el intercambio indirecto. Y solo cuando esos usos dejan de ser anecdóticos y se manifiestan de forma efectiva en el mercado puede decirse que el bien ha adquirido la condición económica de medio de intercambio.

Lo que intenta explicar el teorema de la regresión

La secuencia descrita hasta aquí no plantea ninguna dificultad para el teorema de la regresión del dinero. Este teorema no pretende explicar por qué un individuo puede valorar inicialmente un bien ni por qué esa valoración puede dar lugar a un primer intercambio y a un primer precio. El problema específicamente monetario aparece cuando el bien ya desempeña la función de medio de intercambio.

Quien demanda un medio de intercambio lo hace porque espera poder utilizarlo posteriormente para adquirir otros bienes. Lo que le interesa, por tanto, no es el poder adquisitivo que tuvo en el pasado, sino el que espera que tenga cuando pretenda utilizarlo en el futuro. Pero esa estimación del poder adquisitivo futuro no puede realizarse en el vacío. Debe partir de la referencia que proporciona su poder adquisitivo actual y tener en cuenta, a partir de ella, los cambios que el individuo espera en las circunstancias del mercado.

Se plantea entonces un aparente problema circular. La demanda del medio de intercambio depende de su poder adquisitivo, mientras que el poder adquisitivo depende, a su vez, de la demanda.

Mises rompe ese círculo introduciendo el tiempo. El poder adquisitivo futuro que interesa al actor no es el mismo poder adquisitivo del que parte para formar su expectativa. El primero es una estimación sobre el futuro. El segundo proporciona una referencia basada en las relaciones de intercambio ya manifestadas en el mercado. La demanda presente se forma teniendo en cuenta esa referencia y las variaciones que cada individuo espera que puedan producirse.

Dado que la demanda monetaria remite al poder adquisitivo inmediatamente anterior y este, a su vez, a otro anterior, se objetó que esa explicación conducía a una regresión infinita. Mises respondió mostrando que la regresión tiene un límite. Al retroceder se alcanza finalmente el momento en el que el bien comienza a desempeñar la función de medio de intercambio. El poder adquisitivo del momento inmediatamente anterior ya no podía derivarse de una función monetaria que todavía no existía, sino de valoraciones ajenas a esa función.

Este último punto es especialmente importante. La regresión no tiene por qué conducir a un momento en el que el bien careciera de precio o de valor de cambio. Al contrario, antes de adquirir la condición de medio de intercambio, el bien debía ya ser valorado y contar con relaciones de intercambio y, por tanto, con un precio derivados de causas distintas de su posterior función monetaria. Además, la regresión tampoco exige que su utilidad previa fuese material.

Esto encaja perfectamente con el proceso que hemos descrito para Bitcoin. Determinadas expectativas acerca de su posible utilización futura como medio de intercambio podían formar parte de las valoraciones iniciales y contribuir incluso a que aparecieran los primeros intercambios y un primer precio. En ese momento, sin embargo, Bitcoin todavía no había adquirido la condición de medio de intercambio.

Cuando posteriormente su uso en el intercambio indirecto deja de ser anecdótico y su comerciabilidad se manifiesta de forma efectiva en el mercado, ya existe una historia previa de relaciones de intercambio y precios sobre la que los actores pueden formar sus expectativas acerca de su poder adquisitivo futuro.

El teorema de regresión no entra, por tanto, en conflicto con que una expectativa de utilidad monetaria futura contribuya a la valoración inicial de Bitcoin. Lo que se deduce necesariamente es que «antes de que un bien económico empiece a funcionar como dinero tiene que poseer ya un valor de cambio basado en alguna otra causa distinta de su función monetaria» (Mises, 1912, p. 86).

Qué demuestra realmente el metal de Satoshi

Podemos volver ahora al extraño metal de la narración. Si alguien considera que sus propiedades pueden hacerlo útil en el futuro, incluida la posibilidad de que llegue a utilizarse como medio de intercambio, puede valorarlo en el presente. Esa valoración puede incluso llevarlo a entregar otros bienes para adquirirlo y contribuir así a la aparición de relaciones de intercambio y de un primer precio.

Pero nada de ello significa que el metal desempeñe todavía una función monetaria. Que esa expectativa se refiera a la futura aceptación de terceros no la convierte por sí misma en una explicación circular de la valoración presente. Se trata de una expectativa subjetiva que puede ser acertada o equivocada y que puede motivar un intercambio antes de que exista una función monetaria efectiva. El experimento mental no obliga, por tanto, a introducir una nueva clase de utilidad ni una excepción al teorema de la regresión. Muestra simplemente que la expectativa acerca de una futura utilización como medio de intercambio puede formar parte de las razones por las que un bien comienza a ser valorado antes de haber adquirido esa condición.

Lo que debe evitarse es confundir ambas fases y presentar como función monetaria presente lo que todavía es solo una expectativa acerca de una posible función futura.

Bitcoin no necesita escapar de la teoría del valor

Bitcoin no necesita ninguna teoría especial del valor. No necesita que abandonemos la utilidad, que convirtamos la información en una categoría económica separada ni que confundamos la expectativa de una futura utilización monetaria con una función monetaria ya existente.

Puede analizarse con las mismas categorías de la teoría subjetiva del valor que cualquier otro bien. Los individuos pueden encontrar en sus propiedades los medios adecuados para alcanzar determinados fines, valorarlo por ello y estar dispuestos a entregar otros bienes para obtenerlo.

Nada de esto disminuye la originalidad de Bitcoin. Lo que hace es permitirnos localizar dónde se encuentra realmente su originalidad. La novedad no consiste en que Bitcoin haya descubierto una forma de valor sin utilidad, ni en que alguien pueda valorar hoy un bien por algo que espera que ocurra mañana, ni siquiera en que una expectativa acerca de una futura utilización como medio de intercambio pueda contribuir a la aparición de un primer precio.

La originalidad reside en las propiedades del sistema y en los fines que esas propiedades permiten perseguir. La posibilidad de controlar y transferir unidades digitales sin depender de una autoridad monetaria central, la verificabilidad de sus reglas, su oferta determinada por el protocolo, la posibilidad de custodia sin autorización de terceros y su resistencia a determinadas formas de censura. Por citar solo algunos ejemplos.

Y, una vez iniciado el proceso de monetización, su atractivo también reside en su creciente comerciabilidad y en su capacidad para ser utilizado en el intercambio indirecto, ya sea para adquirir bienes y servicios, realizar intercambios a distancia entre personas que no comparten un mismo sistema bancario, efectuar pagos internacionales, llevar a cabo intercambios de muy pequeña cuantía o comerciar allí donde las restricciones monetarias o financieras dificultan el uso de otros medios de intercambio.

La utilidad derivada de su uso como medio de intercambio no sustituye necesariamente a las demás utilidades que los individuos puedan encontrar en Bitcoin. Puede añadirse a ellas.

La pregunta correcta

La narración de Valleverde termina sugiriendo que el extraño metal de Satoshi podría adquirir valor no porque la gente necesitara consumirlo, sino porque creyera que otras personas necesitarían utilizarlo para intercambiar, y presenta esa posibilidad como algo que podría «cambiar para siempre la historia del dinero».

La respuesta exige distinguir dos momentos. Una persona puede valorar hoy un bien porque espera que algún día llegue a utilizarse como medio de intercambio. Esa expectativa puede incluso contribuir a que se produzcan los primeros intercambios y aparezca un precio. Nada de ello contradice la teoría subjetiva del valor ni el teorema de la regresión.

Otra cuestión diferente aparece cuando el bien adquiere efectivamente la condición de medio de intercambio. Es entonces cuando surge la demanda específicamente monetaria y cuando se plantea el problema que Mises resuelve mediante la regresión temporal: el origen del valor del dinero y la determinación de su poder adquisitivo.

Para entonces, el bien debe contar ya con un valor de cambio previo derivado de causas distintas de esa función monetaria. Entre esas causas puede encontrarse precisamente la expectativa anterior de que algún día llegaría a desempeñar esa función.

La expectativa de una futura utilidad monetaria no desdibuja, por tanto, la frontera relevante para el teorema de la regresión. Puede formar parte de las razones por las que un bien comienza a ser valorado y adquiere valor de cambio antes de convertirse efectivamente en medio de intercambio.

Bitcoin no obliga, por tanto, a abandonar la lógica del teorema de la regresión. Obliga a aplicarla distinguiendo con precisión entre valorar hoy un bien por lo que esperamos que pueda llegar a ser y valorarlo como medio de intercambio porque ya ha adquirido esa condición.

Ahí se encuentra la frontera verdaderamente relevante. No entre utilidad pasada y utilidad futura. Tampoco entre utilidad material e informacional. Sino entre la expectativa de una posible función monetaria y la existencia efectiva de esa función en el mercado.

 

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Esta es la narración completa que dio lugar al presente comentario:

El aire de mañana

En un pequeño pueblo llamado Valleverde, nadie había comprado jamás aire. ¿Para qué? El aire estaba en todas partes. Los niños corrían por los campos y respiraban sin pensar. Los agricultores trabajaban durante horas bajo el sol. Los animales llenaban los establos de respiraciones lentas.

Nadie decía:

—¿Cuánto cuesta un litro de aire?

La pregunta habría parecido absurda. El aire no era una mercancía. No era escaso. No tenía precio.

Era, simplemente, aire.

El anuncio

Una mañana de primavera llegaron al pueblo tres científicos. Convocaron a todos en la plaza. El mayor de ellos, el profesor Elías, levantó la mano y dijo:

—Tenemos una noticia terrible.

El pueblo quedó en silencio.

—Dentro de exactamente un año —continuó—, un meteorito atravesará la atmósfera superior. Su composición provocará una reacción que hará desaparecer el aire respirable de la Tierra.

Al principio nadie dijo nada.

Después alguien se rio.

—¿Y qué hacemos? ¿Comprar aire?

El profesor respondió:

—Precisamente.

Aquella misma tarde, algo extraño comenzó a suceder. El aire seguía siendo gratis. Pero la gente empezó a valorarlo.

La primera bolsa

Un hombre llamado Tomás tenía un pequeño taller. Construyó un compresor y consiguió llenar una bolsa con aire. La guardó en su almacén.

Su vecino le preguntó:

—¿Qué haces?

—Guardar aire.

—¿Para qué?

Tomás respondió:

—Porque dentro de un año lo necesitaremos.

Su vecino se quedó pensando.

Aquella noche volvió con diez monedas de plata.

—Te compro esa bolsa.

Tomás aceptó.

Y así ocurrió algo que jamás había ocurrido en Valleverde: alguien había pagado por aire.

Pero atención. El comprador no quería la bolsa porque pensara: «Quizá dentro de un año alguien me dé más monedas por ella». La quería porque pensaba: «Dentro de un año necesitaré respirar».

El aire acababa de adquirir un valor económico.

El mercado del aire

La noticia se extendió. Otros habitantes comenzaron a almacenar aire. Unos construyeron grandes depósitos. Otros fabricaron recipientes. Otros desarrollaron mejores compresores.

Pronto apareció una nueva profesión: el almacenista de aire.

En el mercado comenzaron a escucharse conversaciones extrañas.

—Te doy dos monedas por cien litros.

—No. El precio es tres.

—¿Y si compro mil litros?

—Entonces te hago descuento.

El aire seguía siendo aire. Pero había cambiado una cosa fundamental: ahora era escaso respecto a las necesidades humanas. Y por eso tenía precio.

El hombre que guardaba monedas

Entre los habitantes había un comerciante llamado Mateo. Mateo no almacenaba aire. Almacenaba monedas.

Un día entró en su tienda una mujer llamada Clara.

—Quiero comprarte harina.

—Son cinco monedas.

Clara sacó de su bolsillo una moneda de oro.

Mateo la aceptó.

Clara se marchó con su harina.

Un niño que estaba observando preguntó:

—¿Por qué aceptaste esa moneda?

Mateo respondió:

—Porque sé que mañana podré entregársela a otra persona y recibir algo a cambio.

El niño insistió:

—¿Y esa persona por qué la aceptará?

Mateo sonrió.

—Porque sabe que yo la acepto.

El niño frunció el ceño.

—Entonces... ¿todos aceptáis las monedas porque todos aceptáis las monedas?

Mateo se quedó pensativo.

—Esa es una pregunta mucho más difícil de lo que parece.

El oro

En Valleverde, el oro había tenido valor mucho antes de ser utilizado habitualmente como dinero.

La gente lo quería porque era hermoso. Era escaso. No se oxidaba. Podía utilizarse para fabricar adornos. Los orfebres pagaban por él. Los reyes lo acumulaban. Los comerciantes lo transportaban.

Poco a poco descubrieron que aquellas mismas propiedades hacían del oro algo extraordinariamente útil para intercambiar.

Y así ocurrió algo natural: el oro pasó de mercancía a medio de intercambio. Primero tenía valor. Después comenzó a tener valor monetario.

La pregunta del profesor

Una tarde, el profesor Elías reunió a sus alumnos. Colocó sobre la mesa una piedra.

—¿Por qué vale esta piedra?

—No vale nada —respondió uno.

—Correcto.

Después colocó una pepita de oro.

—¿Y esta?

—Vale mucho.

—¿Por qué?

—Porque es oro.

—Eso no responde a la pregunta.

Los alumnos se miraron. El profesor continuó:

—El oro no vale porque tenga escrito «vale». Tiene valor porque las personas consideran que satisface determinadas necesidades y porque es escaso.

Después colocó una bolsa de aire.

—¿Y esto?

—Antes no valía nada.

—¿Y ahora?

—Ahora vale muchísimo.

—¿Ha cambiado el aire?

—No.

—¿Entonces qué ha cambiado?

Una niña respondió:

—Nuestra relación con él.

El profesor sonrió.

—Exactamente.

El último día

Pasaron doce meses. Valleverde había cambiado por completo. Había almacenes de aire por todas partes. Algunas personas habían acumulado miles de litros. Otras apenas tenían lo suficiente para unas semanas.

El aire almacenado se había convertido en la riqueza más importante del pueblo.

Pero entonces ocurrió algo inesperado. Los comerciantes comenzaron a tener problemas. Transportar enormes depósitos de aire era complicado. Entonces alguien tuvo una idea. Crearon pequeños certificados.

Cada certificado decía: «El portador de este certificado posee 100 litros de aire almacenados en el depósito central».

Los comerciantes empezaron a intercambiar los certificados en lugar de transportar las bombonas.

Y descubrieron algo extraordinario. El certificado era: pequeño; divisible; fácil de transportar; fácil de intercambiar.

La gente comenzó a aceptarlo. Primero para comprar aire. Después para comprar comida. Después para comprar herramientas. Finalmente: empezaron a utilizar certificados de aire como dinero.

Entonces llegó un extraño

Un día apareció en Valleverde un viajero. Traía consigo un pequeño dispositivo electrónico. Se presentó como Satoshi.

Los habitantes le contaron la historia del aire. Satoshi escuchó atentamente. Después dijo:

—Vuestra historia es interesante.

—¿Por qué?

—Porque habéis descubierto algo importante.

—¿Qué?

Satoshi señaló una de las enormes bolsas de aire.

—El aire tenía una utilidad directa antes de convertirse en dinero.

Después señaló los certificados.

—Y esos certificados se convirtieron en medios de intercambio porque representaban algo que ya tenía valor.

Los habitantes asintieron.

Entonces Satoshi sacó de su bolsillo un pequeño ordenador.

—Pero imaginad ahora otra cosa.

El metal imposible

—Imaginad un metal tan escaso como el oro.

Los habitantes escuchaban.

—Pero imaginad que no sirve para fabricar nada.

No es bonito. No conduce electricidad. No sirve para construir. No sirve para adornar. No sirve prácticamente para nada.

Los habitantes comenzaron a reír.

—Entonces no valdría nada.

Satoshi negó con la cabeza.

—Imaginad que tiene una única propiedad extraordinaria.

Se hizo silencio.

—Puede viajar por un canal de comunicaciones.

Nadie entendió.

Satoshi continuó:

—Yo puedo tener una unidad aquí, en Valleverde, y enviársela a alguien que esté al otro lado del mundo.

—¿Y para qué querría alguien eso?

Satoshi respondió:

—Para intercambiar valor sin tener que transportar físicamente nada.

Los habitantes se quedaron pensando.

El primer problema

Un anciano levantó la mano.

—Pero ese metal no tendría ningún valor al principio.

Satoshi asintió.

—Ese es precisamente el problema.

—Entonces nadie lo querría.

—Quizá alguien lo querría porque pudiera ser útil.

—Pero si todavía nadie lo acepta...

Satoshi sonrió.

—Quizá alguien podría comprarlo porque anticipa que algún día será útil para intercambiar.

El anciano frunció el ceño.

—Eso parece circular.

Satoshi respondió:

—Sí.

Y entonces añadió:

—Pero también lo era, en cierto sentido, vuestro primer depósito de aire.

Todos protestaron.

—¡No!

Satoshi levantó la mano.

—No exactamente. Vosotros comprasteis aire porque sabíais que necesitaríais respirarlo. Por eso vuestro caso es sencillo.

Después señaló el ordenador.

—El problema interesante es otro:

¿Puede algo tener valor porque las personas anticipan que será útil para intercambiar?

El silencio

Nadie respondió.

Satoshi miró el cielo.

—Quizá esa sea la pregunta que tendrá que responder vuestra generación.

Y desapareció.

Epílogo

Muchos años después, los habitantes de Valleverde estudiaban aquella historia.

Los economistas del pueblo habían llegado a una conclusión: El aire había podido convertirse en dinero porque primero se convirtió en un bien económico.

Primero apareció la escasez. Después la utilidad. Después el valor. Después el intercambio. Y finalmente el dinero.

Pero el extraño metal de Satoshi planteaba un problema diferente. Quizá su primera utilidad no sería física. Quizá sería informacional. Quizá su utilidad consistiría precisamente en poder transferir valor.

Y quizá, por primera vez, un objeto podría adquirir valor no porque la gente necesitara consumirlo... sino porque la gente creyera que otras personas necesitarían utilizarlo para intercambiar.

Y esa pequeña diferencia cambiaría para siempre la historia del dinero.

FIN

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Y esta es una nota aclaratoria del autor que también he tenido en cuenta en el comentario:

Este escenario demuestra algo importante: Nada está condenado permanentemente a no ser dinero. Un bien libre puede convertirse en un bien económico si cambian las circunstancias de escasez.

Y una vez que tiene:

    escasez;

    demanda directa;

    valor de mercado;

puede, en principio, evolucionar hacia un medio de intercambio.

La secuencia sería: Bien libre → escasez → bien económico → mercancía → valor de mercado → medio de intercambio → dinero

Y, de hecho, el ejemplo plantea una pregunta todavía más interesante para Bitcoin: ¿Es posible que algo adquiera hoy valor porque la gente anticipa una utilidad futura que todavía no existe plenamente?

Porque si la respuesta es sí —y en economía claramente lo es— entonces la frontera entre «valor de uso previo» y «expectativa de utilidad futura» se vuelve mucho más compleja de lo que suele presentarse al explicar el teorema de regresión.

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