Acaba de publicarse en la revista Procesos de Mercado mi artículo «Bitcoin, eficiencia dinámica y los límites económicos de la “Nakamoto Trust”: Una reevaluación austriaca del argumento de Budish».
El propósito de esta nota es presentar de forma breve y accesible tanto el argumento principal de Budish sobre los límites económicos de Bitcoin como la respuesta que he desarrollado en mi artículo desde la perspectiva de la Escuela Austriaca y, en particular, de la teoría de la eficiencia dinámica de Huerta de Soto.
La crítica de Budish merece ser tomada en serio. No sostiene simplemente que Bitcoin consume demasiada energía ni se limita a repetir las habituales objeciones ambientales contra la Prueba de Trabajo. Su argumento es más profundo. Si Bitcoin pretende proteger un volumen creciente de riqueza mediante un sistema descentralizado y sin necesidad de una autoridad que garantice el registro, debe dedicar suficientes recursos a impedir que resulte rentable atacar la red. Cuanto mayor sea la riqueza protegida, mayor debería ser también el coste de comprometer su seguridad.
La cuestión es si de esta observación puede deducirse, como plantea Budish, que existen límites económicos intrínsecos que impiden que Bitcoin llegue a desempeñar un papel monetario de gran importancia.
Mi respuesta es que no.
El argumento de Budish
Budish construye su análisis a partir de dos condiciones básicas.
La primera condición parte del supuesto de competencia entre los mineros. Si la recompensa esperada por minar fuese persistentemente superior a los costes, entrarían nuevos participantes hasta que desapareciesen los beneficios extraordinarios. Si fuese inferior, algunos mineros abandonarían la actividad. En equilibrio, por tanto, la remuneración de los mineros tendería a compensar sus costes.
La segunda condición se refiere al atacante. Para que Bitcoin sea seguro, el coste de hacerse temporalmente con suficiente capacidad de minado para reorganizar la cadena debe superar el beneficio que pueda obtenerse del ataque.
Al combinar ambas condiciones, Budish llega a la conclusión central de su análisis. Cuanto mayor sea la riqueza que Bitcoin pretende proteger, mayor deberá ser también el flujo sostenido de recursos destinado a garantizar su seguridad.
La preocupación aumenta al tener en cuenta la política monetaria de Bitcoin. La subvención que reciben los mineros se reduce aproximadamente a la mitad cada cuatro años y terminará desapareciendo. A medida que esa subvención disminuya, las comisiones pagadas por los usuarios deberán adquirir un peso creciente en la financiación de la seguridad. Si esos ingresos no aumentan de manera suficiente y estable, el presupuesto de seguridad podría disminuir y hacer más vulnerable la red.
Hay aquí un problema económico real. Negarlo sería un error. Pero reconocerlo no significa aceptar todas las conclusiones que Budish extrae de su modelo.
Una restricción no es una teoría causal
El principal problema aparece cuando una condición necesaria para la coherencia del modelo se transforma en una teoría acerca de los límites futuros de Bitcoin.
Naturalmente, un sistema de seguridad no puede ser sostenible si romperlo proporciona sistemáticamente un beneficio muy superior al coste de hacerlo. En ese sentido, la condición de Budish es perfectamente razonable.
Pero afirmar que el coste de atacar un sistema debe guardar cierta relación con el beneficio del ataque no ofrece una explicación sobre cómo se determinan esas magnitudes, cómo reaccionan los participantes, cómo evoluciona la estructura del capital minero ni qué instituciones pueden aparecer como respuesta a nuevos riesgos.
El paralelismo con la conocida ecuación de intercambio resulta especialmente ilustrativo.
La identidad MV = PT puede describir una determinada relación entre magnitudes monetarias, pero la Escuela Austriaca ha insistido durante décadas en que no contiene por sí misma una teoría causal del poder adquisitivo del dinero. El problema aparece cuando una identidad agregada se utiliza como si describiese todo el proceso económico subyacente.
Algo semejante sucede con el modelo de Budish. La expresión matemática según la cual el gasto de seguridad debe ser suficiente frente al posible beneficio del ataque constituye una restricción de consistencia. Es decir, bajo los supuestos del modelo, una red no puede considerarse segura si resulta claramente más rentable atacarla que respetar sus reglas. Pero esa ecuación no explica por sí sola cómo se determina la seguridad de Bitcoin ni permite establecer sus límites económicos futuros.
La forma matemática puede transmitir una precisión mayor que la capacidad explicativa que realmente ofrece el modelo.
Los parámetros no están dados
El problema se hace más evidente cuando observamos las variables utilizadas por el modelo.
El posible beneficio de un ataque no es una magnitud tecnológica fija. Depende de cómo utilicen Bitcoin los participantes, del número de confirmaciones exigidas por exchanges y comerciantes, de la reacción esperada ante un ataque, del desarrollo de capas superiores y de cuánto pueda realmente apropiarse el atacante.
Tampoco el tiempo necesario para atacar la red es independiente de la reacción humana. Usuarios, mineros, operadores de nodos, exchanges y desarrolladores pueden modificar su comportamiento ante una amenaza.
Lo mismo sucede con el hashrate y con el coste de producirlo. No son magnitudes dadas al margen del proceso de mercado, sino el resultado de decisiones empresariales sobre inversión en ASICs, localización de instalaciones, contratos eléctricos, financiación, desarrollo tecnológico y expectativas sobre el futuro de Bitcoin.
Tratar estas magnitudes como parámetros dados permite construir un modelo manejable, pero elimina precisamente aquello que desde la perspectiva austriaca resulta fundamental: la acción humana.
Capital específico y costes hundidos
La minería de Bitcoin tampoco puede entenderse correctamente como si existiese una gran cantidad de capacidad computacional genérica esperando ser alquilada indistintamente por mineros honestos o atacantes.
La mayor parte del hashrate de Bitcoin procede de ASICs específicamente diseñados para realizar SHA-256. Ese capital tiene usos alternativos extremadamente limitados.
Esto introduce una diferencia fundamental respecto al modelo más simple.
Un minero no decide únicamente si resulta rentable producir el siguiente bloque. Ha invertido previamente cantidades importantes de capital en equipos, instalaciones, contratos energéticos y conocimiento especializado. Buena parte de esa inversión constituye un coste hundido cuya capacidad para generar rendimientos depende de que Bitcoin continúe funcionando.
Hasu, Prestwich y Curtis destacan precisamente este compromiso económico de los mineros. Quien posee una importante infraestructura minera se encuentra en una posición parecida a la de alguien que mantiene una exposición económica de largo plazo a Bitcoin. Destruir la confianza en la red que proporciona utilidad a su propio capital puede ocasionarle pérdidas muy superiores al posible beneficio puntual de un ataque.
Garratt y van Oordt llegan a una conclusión parecida. La existencia de costes fijos y hardware específico puede reforzar la seguridad de los sistemas de Prueba de Trabajo precisamente porque el capital no puede entrar y salir instantáneamente siguiendo una sencilla condición de beneficio marginal.
El tiempo, la estructura del capital y la historia acumulada de la red importan, y no pueden reducirse a una comparación estática entre el coste y el beneficio inmediato de un ataque.
La seguridad es un proceso
Aquí aparece la diferencia entre eficiencia estática y eficiencia dinámica.
Desde una concepción estática podemos preguntar cuánto cuesta actualmente mantener determinada cantidad de hashrate y compararlo con una estimación del beneficio de un ataque.
Desde una concepción dinámica debemos preguntarnos también cómo responderán empresarios y usuarios a los cambios, qué innovaciones aparecerán, cómo se modificarán las prácticas de custodia y liquidación, qué soluciones surgirán en capas superiores y cómo evolucionarán las instituciones construidas alrededor de Bitcoin.
Lightning Network es un ejemplo evidente. El crecimiento del número de intercambios económicos que pueden realizarse utilizando Bitcoin no exige necesariamente que todos ellos se liquiden individualmente en la cadena base.
Pero, de la misma manera que nos sorprendió la aparición de Lightning Network, no conocemos de antemano todas las respuestas que surgirán en el futuro. Esa es precisamente la cuestión. La eficiencia dinámica no consiste en que un economista pueda anticipar todas las soluciones, sino en que exista un marco institucional que permita descubrirlas empresarialmente.
Un modelo que mantiene constantes las respuestas de los participantes mientras modifica otras variables puede ser útil para estudiar determinadas relaciones. Pero resulta mucho más discutible utilizarlo para establecer límites económicos de largo plazo a un proceso empresarial abierto.
¿Es Bitcoin demasiado caro?
Existe además otra cuestión más profunda.
Incluso si aceptásemos que Bitcoin necesita dedicar una cantidad considerable de recursos a su seguridad, todavía faltaría responder a una pregunta esencial. ¿Caro en comparación con qué?
Esta misma discusión ya existía en torno al Patrón Oro. Extraer oro exige trabajo, energía y capital. Crear nuevas unidades de dinero fíat tiene, en comparación, un coste material prácticamente insignificante. Si el análisis terminase ahí, el dinero fíat sería indiscutiblemente superior.
Pero Bastiat enseñó a distinguir entre lo que se ve y lo que no se ve.
El coste de un sistema monetario no puede reducirse al coste físico de producir nuevas unidades monetarias. También deben considerarse las consecuencias institucionales del sistema monetario en el que se producen.
La expansión monetaria y crediticia, la manipulación de los tipos de interés, los ciclos de auge y recesión, las malas inversiones, la erosión del poder adquisitivo del ahorro, el endeudamiento público y la ausencia de disciplina monetaria también tienen costes. Estos costes son mucho más difíciles de colocar en una ecuación que el consumo eléctrico de una granja de minería. Pero no por ello dejan de existir.
El consumo energético de Bitcoin es extraordinariamente visible. Los costes de un orden monetario basado en la discrecionalidad son mucho menos visibles.
Por eso la comparación relevante no puede hacerse entre un Bitcoin costoso y una alternativa gratuita. La alternativa también tiene costes.
¿Qué estamos pagando realmente?
Hay además un problema al describir el presupuesto de seguridad de Bitcoin como si su única función fuese procesar transacciones. La Prueba de Trabajo sostiene algo mucho más amplio.
Bitcoin permite mantener una política monetaria extraordinariamente difícil de modificar. También permite verificar independientemente la oferta, disponer de los propios bitcoins sin necesidad de autorización de un tercero y mantener una forma de propiedad resistente a la censura y a la confiscación directa.
Ese régimen de propiedad forma parte de aquello que los recursos destinados a la seguridad de Bitcoin contribuyen a preservar.
En los sistemas tradicionales, el propietario depende de instituciones externas capaces de congelar cuentas, alterar las reglas monetarias o impedir determinados usos. En Bitcoin, quien mantiene directamente las claves privadas dispone de una forma de propiedad cuya defensa descansa en la criptografía, las reglas del protocolo y el consenso descentralizado de sus participantes.
Esta diferencia institucional también debe entrar en cualquier análisis económico del coste de Bitcoin.
No estamos comparando simplemente dos tecnologías diferentes para registrar pagos. Estamos comparando dos formas distintas de organizar el dinero y la propiedad.
Bitcoin frente a las criptomonedas
Este punto también ayuda a comprender por qué no puede extrapolarse automáticamente a Bitcoin la experiencia de las criptomonedas que han sufrido ataques del 51 por ciento.
En muchas de ellas existen promotores identificables, una elevada concentración de la propiedad y mecanismos de gobernanza capaces de modificar la emisión, el consenso o las características fundamentales del token.
Bitcoin presenta una estructura institucional diferente. La regla de los 21 millones no depende de la promesa de un emisor. Cualquier intento de alterarla necesita obtener la aceptación voluntaria de quienes ejecutan y utilizan la red. Quienes rechacen el cambio pueden continuar verificando las reglas anteriores.
Esto no significa que Bitcoin sea metafísicamente inmutable. Significa que modificar sus características esenciales exige superar una estructura de incentivos, propiedad y coordinación radicalmente distinta de la que caracteriza a los sistemas monetarios centralizados y a las criptomonedas. Por lo tanto, esa estructura institucional también contribuye a la seguridad de Bitcoin.
El verdadero problema planteado por Budish
Nada de esto demuestra que Bitcoin pueda ignorar su presupuesto de seguridad. La progresiva desaparición de la subvención al bloque plantea una pregunta legítima acerca del papel que deberán desempeñar las comisiones. No sabemos hoy cuál será la estructura concreta del mercado de seguridad dentro de varias décadas.
También sería un error sostener que cualquier cantidad de hashrate será suficiente con independencia del alcance económico que llegue a tener Bitcoin.
Budish identifica, por tanto, una restricción económica real. Lo que se cuestiona en el artículo es el paso posterior. Que Bitcoin necesite dedicar recursos suficientes a su seguridad no implica que unas pocas relaciones estáticas permitan determinar hoy el alcance económico que podrá llegar a tener en el futuro.
La seguridad de Bitcoin no es solamente el resultado de un flujo presente de pagos a los mineros. Es también consecuencia de una estructura de capital específico acumulada a lo largo del tiempo, de costes hundidos, de expectativas, de experiencia histórica, de respuestas empresariales y de instituciones que evolucionan alrededor del protocolo.
Una cuestión de eficiencia dinámica
La cuestión relevante no es simplemente cuánto cuesta Bitcoin. Debemos preguntarnos qué instituciones se sostienen mediante ese coste y cuáles son las alternativas. Y, desde la perspectiva de la eficiencia dinámica, un sistema monetario debe evaluarse también por su capacidad para proteger la propiedad, facilitar el cálculo económico, permitir la coordinación intertemporal y dejar espacio al descubrimiento empresarial.
Bitcoin no elimina la necesidad de contratos, empresas, custodios, aseguradoras, árbitros o tribunales. Tampoco obliga a todos sus usuarios a asumir personalmente todos los riesgos de la autocustodia. Lo novedoso es que permite mantener la propiedad y disponer de los propios bitcoins sin depender necesariamente de esos intermediarios.
A partir de esa posibilidad pueden construirse instituciones voluntarias de todo tipo. Quien prefiera comodidad puede delegar la custodia. Quien valore especialmente la soberanía puede conservar directamente sus claves. Entre ambos extremos pueden surgir soluciones que hoy ni siquiera conocemos. Y precisamente por eso resulta problemático juzgar los límites de Bitcoin mediante un modelo que trata como dados los elementos que la acción empresarial puede transformar.
El argumento de Budish nos recuerda algo importante. La seguridad no es gratuita. Pero tampoco lo son las alternativas. Y quizá la pregunta fundamental no sea cuánto cuesta mantener la Nakamoto Trust, sino qué coste estamos dispuestos a asumir para contar con un dinero cuya oferta no puede modificarse discrecionalmente y con una forma de propiedad que no necesita el permiso de una autoridad para existir.
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